XX ANIVERSARIO DE
REPORTAJES METROPOLITANOS

Crónica del nacimiento de un medio libre
11 de marzo de 2006 – 11 de marzo de 2026

Por ELVIA ANDRADE BARAJAS

El 16 de febrero de 2006 amaneció distinto. No porque el sol brillara más, sino porque por primera vez en muchos años no tenía que entrar a una redacción. Excélsior acababa de despedirnos masivamente, como parte del proceso que culminaría en su venta a Mario Vázquez Raña y en la muerte de la última cooperativa mexicana de periodistas.
Aun así, la costumbre del diarismo seguía latiendo. El hábito de escribir todos los días, de pelear contra los molinos de la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el odio y el racismo, no se extingue con un despido.


Con la indemnización que me dieron, compré una computadora nueva, moderna, y diseñé mi oficina como si estuviera en El Universal… pero aquí yo era todo: directora, editora, reportera, columnista, fotógrafa, diseñadora y jefa de mí misma.


El 11 de marzo de 2006, casi en automático, me senté frente a esa computadora recién estrenada. Las manos encontraron su ritmo natural sobre el teclado.


Terminé un artículo de opinión como los que publicaba diariamente en mis columnas Distrito Federal o Pecera Política del Estado de México, en la Sección Metropolitana de Excélsior, donde era editora.
Y al terminar lo subí a un blog.


Un blog cuya contraseña olvidé, pero que sigue ah  en Internet, como testigo del primer latido de libertad.


Ese fue el verdadero nacimiento de Reportajes Metropolitanos, que se convirtió en página web el 4 de abril de 2006.


Escribía como si me pagaran, como si mis letras fueran un arma capaz de cambiar al mundo. Por primera vez en mucho tiempo me sentía libre, sin el yugo de una Dirección que dictaba qué se podía publicar y qué no. Esa libertad atrajo a otros compañeros.


La primera en unirse fue Mónica Martín, con su columna Erotika. Más tarde la renombramos Sexo en la Metrópoli, para que la versión original —la que se publicaba en Excélsior— pudiera migrar a televisión en Veracruz. Su voz abrió una grieta luminosa en un medio que apenas nacía.


Después llegó Octaviano Lozano Tinoco, quien aún hoy colabora como analista internacional. Su presencia imponía. Venía de la Primera Plana de los tiempos de Julio Scherer. Era de los “duros”. Y aun así, se sumó a este proyecto que apenas respiraba.


Luego se integraron Ramiro Gómez-Luengo, Citlali, Minerva Méndez, Trizas, Alfonso Fernández de Cordoba, Luis Xavier Saenz de Miera Santana, Alberto Estebez, Carlos Ravelo, Mario Andres Campa Landeros, Rafael Pergrina Bocanegra, Amauri Romero, Paloma Elfride y Benjami Bernal, quien aún sigue con nosotros.


Todos buscaban lo mismo: un espacio donde publicar sin que nadie les alterara una sola letra. Lo entendía perfectamente. Lo sigo entendiendo.


Pero hubo un colaborador cuya presencia me imponía más que ninguna otra: José Manuel Nava Sánchez, el último director de la cooperativa de Excélsior.


Mi director.


Ahora su publicación dependía de mí. Y había algo profundamente extraño, casi simbólico, en ese giro del destino.

 

Excélsior: crecer entre
gigantes y sombras

 

Entré a Excélsior siendo muy joven, dos años después de que Julio Scherer marchara por Paseo de la Reforma en protesta por el golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría Álvarez para imponer a Regino Díaz Redondo como director.


Scherer lo acusó de vendido, corrupto, de ser capaz de destruir uno de los diez mejores periódicos del mundo. Y así ocurrió.


Regino llevó a Excélsior a la quiebra. Durante años, muchos periodistas lucharon por mantenerlo en pie. De esa fractura nacieron grandes medios, entre ellos Proceso, fundado y dirigido por Scherer hasta su muerte.


Con Regino llegó la corrupción, el descrédito, el aire irrespirable. Muchos se creían dioses.


Ese ambiente golpeaba mis ideales de un periodismo ético, crítico, plural y en defensa del pueblo. Hasta que un día me harté.

 

El Universal

 

Crucé la calle y entré a El Universal. Con la misma seguridad con la que se camina hacia el destino, pregunté al policía de la entrada quién daba trabajo ahí.


—¿Por qué? —me dijo


. —Porque voy a pedir trabajo.


 Dígale que acabo de dejar Excélsior y vengo a trabajar aquí.


Me comunicó con Luis Sevillanos, subdirector.


—Dice que quiere trabajar aquí, pero estoy viendo su nombre en la página de Estados de Excélsior —comentó sorprendido.


—Así es, pero ya no soporto ese ambiente. Todos se sienten dioses. Quiero algo más aterrizado a la realidad.


Me pidió subir y buscar a Roberto Rock Lechón.


 —¿Eres gringo?


—le pregunté al verlo.


 —No, ¿por qué?


—Porque pareces americano.


Respiré aliviada al ver que entendería la instrucción:


—Vengo a trabajar aquí. El señor Sevillanos dijo que te pidiera que me asignaras el Estado de México.


Se bajó los lentes, me miró de reojo y preguntó sarcástico:

—¿Todo?


 —Sí, todo.


En realidad, me dio casi la mitad, excepto Toluca, donde había una excelente corresponsal.


Rock fue mi gran amigo siete años y mi adversario otros siete.

 

En los años de amistad hablábamos mucho de Excélsior. Observé cómo implementaba poco a poco las reglas que le platicaba que habían llevado a Excélsior a la cima.


Un día me mostró su nueva tarjeta: Editor de Estados.


La siguiente decía: Director General.

 

El ciclo que se repite

 

Lo que había dejado atrás en Excélsior empezó a aparecer en El Universal. El mármol brillaba, pero los corazones se enfriaban.

La soberbia regresaba.


Mi rebeldía natural hizo lo suyo. Todo llegó a su fin y volví a cruzar la calle de Bucareli, esta vez para pedir trabajo a Armando Sepúlveda, quien salía de una reunión calurosa.


Excélsior estaba de cabeza.


Ya nadie traía tres cadenas de oro ni carros del año. Ver a periodistas de gran nivel, como Nidia Marin, “botear” para sobrevivir era impactante. Pero a mí no me importaba.


Habían vuelto a ser humanos. Volvían a ver a la gente. sentían en carne propia el dilema de vivir con poco y enfrentar deudas.


—Estás loca —me dijo Sepúlveda cuando le pedí trabajo. “En Universal estás muy bien, ganas muy bien, aquí es un caos, no hay dinero; no podemos pagarte”.


“Eso no me importa, le afirme, sólo quiero que me publiques todo lo que me han bloqueado en El Universal”.


Durante cinco años trabajé sin sueldo y publiqué con libertad absoluta, aunque a veces hubo algunos problemas.


Incluso insertamos Erotika de Mónica Martín, una columna sobre sexo que rompía con la tradición del viejo Excélsior, aún escrito en blanco y negro.


Cuando José Manuel Nava me nombró editora de la Sección Metropolitana, salí del periódico a las cinco de la mañana esperando ver mi nombre inscrito en la parte superior de la sección. Ese sería mi pago.


El golpe contra Nava

 

Nava fue víctima directa del golpe interno que permitió la venta de Excélsior. Un día, un grupo de trabajadores —junto con Heredia— subió a la redacción, selló la puerta y lo expulsó. Así, sin más.


En noviembre de 2006 presentó su libro El Final de Excélsior. Pocos días después fue asesinado. Su muerte sigue impune.


Desde entonces y hasta hoy, el editorial de Reportajes Metropolitanos está a cargo del prestigiado periodista Teodoro Rentería Arróyave, quien siempre lamenta no haber insistido a Nava para que lo acompañara en su viaje a China.

 

Uno de los tiempos más difíciles


Aquellos fueron días duros para Reportajes Metropolitanos. La muerte de Nava, la incertidumbre del gremio, la presión de un medio que apenas nacía… todo se mezclaba con recuerdos que regresaban como advertencias.


A veces volvía a mi mente una frase del licenciado Juan Francisco Ealy Ortiz, presidente y director general de El Universal. Él me había rescatado de El Gráfico, donde Rock —mi amigo, mi compadre, mi adversario— me había arrinconado con la consigna de que solo se me publicara un reportaje al mes.


En una cena del periódico me topé con Ealy Ortiz y aproveché para pedirle hablar con él. De inmediato me dijo que laboralmente me daría lo que le pidiera.


Antes de entrar a su oficina, su secretario, Miguel Lerma, me advirtió: —Dígale todo. No le oculte nada. Él no está enterado de muchas cosas. No omita nada.


En ese momento Rock era un hombre muy poderoso. Y aunque es mi compadre —padrino de bautizo de mi hijo— nunca quise, ni quiero, hablar del motivo de nuestro alejamiento. Solo le pedí al licenciado que me asignara a Reportajes Especiales, con un sueldo base muy jugoso.


Ealy tomó el teléfono, llamó a Rock y preguntó: —¿Conoces a Elvia Andrade?


—Sí, señor. Es una excelente periodista.


—Excelente. Pues a partir de hoy volverá a El Universal y  estará en Reportajes Especiales con un sueldo tal.


—Sí, señor —respondió Rock, ceremonioso. Casi militar.


Tras colgar, el licenciado me advirtió:


—Yo viajo cada año o cada dos a Europa por seis meses. Y cuando regreso, ya corrieron a mi gente. Si eso ocurre con usted, regrese a buscarme y yo la reinstalo.


Pensaba que Rock no se atrevería a tocarme. Pero lo hizo años después cuando el Licenciado Ealy abordaba el avión a un destino de vacaciones de seis meses.


Me ocupé de que me indemnizara lo más alto posible y regresé, con dinero, a Excélsior, donde ya había hablado con Sepúlveda.

 

La Diosa de la Fortuna

 

Un día, decidida a buscar al licenciado Ealy para recuperar mi lugar en el diarismo mexicano, caminé rumbo a El Universal. El cielo se oscureció. Un remolino de viento y lluvia me envolvió y casi me estrello contra la Diosa de la Fortuna, junto al edificio de la Lotería Nacional.


Nunca la había visto. Me detuve frente a ella. Parecía sonreírme, derramando su fortuna sobre mí.


El viento se calmó. También mi corazón.


En lugar de seguir hacia El Universal, crucé la calle y entré al lobby del hermoso hotel frente a Excélsior. Con música de piano de fondo, pedí un whisky.


Lo bebí despacio, como quien toma una decisión que cambiará su vida.


Pagué la cuenta, salí del hotel y regresé a mi oficina.

 

Ya me esperaba la confirmación de que había sido elegida para ir a China con grupo de ocho periodistas mexicanos, luego vinieron cumbres internacionales en Estados Unidos, Perú, Colombia, Italia, Paris y Ecuador.


Reportajes Metropolitanos es el único lugar donde nadie me impone nada, nadie me congela, nadie me castiga por escribir lo que debe escribirse.


Aquí hay una libertad de expresión que nadie censura. Una libertad que no encontré en las grandes ligas del periodismo.


Aquí, cada palabra es mía. Cada columna es un acto de resistencia. Cada reportaje es un recordatorio de que la dignidad también se escribe.

 

Veinte años sin censura

 

Hoy, Reportajes Metropolitanos cumple veinte años. Nació como blog aquel 11 de marzo de 2006, y el 4 de abril se convirtió en página web. Desde entonces he escrito todo lo que pienso, sin filtros, sin permisos, sin pedir perdón y sin que nadie me censure.


Y entonces me pregunto:


¿Por qué antes sí pasaba continuamente? ¿Por qué antes resultaba tan incómodo lo que escribía?


La respuesta llega sola:


La censura no viene de los lectores. No viene del público. No viene de la sociedad.


La censura viene de los jefes. De esos directores, subdirectores, editores y coordinadores que le dan más importancia a los reclamos de los políticos que a la voz de sus reporteros.

 

De quienes manipulan la información para quedar bien con el poder, para no perder favores, para no incomodar a nadie.


En Reportajes Metropolitanos no existe esa cadena.


Aquí nadie me congela, nadie me castiga, nadie me ordena callar. Aquí la libertad no es un discurso: es práctica diaria.


Por eso este medio sigue vivo. Por eso cumple veinte años. Por eso sigue siendo incómodo para algunos y necesario para muchos.


Porque aquí, en este espacio que construí con mis propias manos, la verdad no pide permiso.

Sobreviví. Y sigo escribiendo.


No haré a otro lo que me hicieron a mi.

 

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